Entre pantallas y poder: la política en tiempos de espectáculo

La política argentina atraviesa un momento en el que las redes sociales y la exposición mediática parecen pesar más que la experiencia o las propuestas. En las últimas elecciones, no fueron pocos los nombres de influencers, modelos o figuras mediáticas que aparecieron en las listas. La lógica parece clara: la cantidad de seguidores se convierte en capital político, y la visibilidad en las pantallas importa tanto —o más— que una trayectoria en la gestión pública.
El problema es que esa fascinación por la popularidad convive con una crisis más profunda. Mientras algunos candidatos se presentan como “novedades” o “anti-políticos”, los escándalos de corrupción siguen marcando el pulso de la agenda. Denuncias por contrataciones bajo sospecha, compras directas cuestionadas o maniobras poco claras en la administración pública refuerzan la percepción de un sistema que no logra recuperar credibilidad.
En este escenario, la política corre el riesgo de convertirse en un espectáculo más. Las discusiones de fondo quedan relegadas frente a las frases efectistas, las peleas televisadas o los gestos que buscan viralizarse. La indignación, tan frecuente en los discursos de los outsiders, se transforma en una mercancía que garantiza aplausos rápidos, aunque pocas veces se traduce en soluciones reales.
El dilema es evidente: ¿puede un Congreso nutrido de rostros famosos y frases de ocasión dar respuestas a los problemas estructurales del país? La sociedad sigue esperando algo más que gestos para las cámaras o indignaciones pasajeras. Porque, al final, la política sigue siendo una herramienta poderosa para transformar realidades, siempre que no quede reducida a un escenario de likes y escándalos.



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