La imagen se repite a diario, en cualquier lugar de Rafaela. Ya no se puede esconder “abajo de la alfombra”: en el centro de la ciudad, en las plazas, en las entradas de las casas, en cualquier calle.

Ahí están, invisibles como humanos y visibles casi como el reflejo de una sociedad que no supo o no pudo contenerlos, de un Estado que no puede abordar el problema y de un virus que se desparrama como una de las mayores epidemias de los últimos años: la creciente presencia y el cada vez más fácil acceso de los jóvenes a la “falopa”.

 

El problema debe ser abordado con una mirada integral que incluya un acompañamiento a largo plazo, educación, contención social, deporte y salidas laborales. En un país donde se quebró ese entramado, la vía libre para el acceso a las drogas duras parece moneda corriente.

Sin señalar a nadie, pero llamando la atención a todos -valga la redundancia, sobre todo al Estado por sus recursos y posibilidades- las alarmas están todas encendidas. El problema se está enraizando fuertemente en Rafaela, con la llegada de células del narcotrafico rosarino, que desplazadas de aquella metrópolis, recalan en Rafaela.

Lo que sucede es que parece no tener fin. Los sujetos adictos en Rafaela parecen salidos de una fábrica en serie, y los problemas sociales derivados de esto son cada vez mayor: menores y mujeres vulnerables que se prostituyen por “una dosis”, robos predatorios para cambiar por “una bolsa” y gente durmiendo en la calle consecuencia de “los pipazos”.

Urge una solución. Este paisaje es terrorífico.

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