Ventanas temporales de demencia fingida

El próximo 19 de noviembre se enfrentarán en el balotaje presidencial Sergio Massa y Javier Milei. Todo es incertidumbre.

Por Marcelo Radío

A pocos días de la segunda vuelta electoral en la que se va a elegir el presidente de la Nación para los próximos cuatro años, pretender decir algo que aclare la situación en la que se encuentra el debate público es una tarea condenada al fracaso de antemano. Se trata de la elección más inusual que tuvo lugar desde el retorno de la democracia debido a la dinámica misma de los actores en pugna.

Por un lado, un ministro de economía sin muchos logros que exhibir de su gestión. Un candidato que viene desde hace años intentando llegar a la primera magistratura por medio de las más variopintas alianzas. Por el otro, un economista que apareció en la vida del gran público hace no más de seis años y con un acting llamativo logró cosechar el apoyo de vastos sectores sociales, algo impensado tiempo atrás.

Lo único que está claro es que la situación en la que se llega a esta instancia es muy delicada desde el punto de vista financiero y una crisis de representatividad afecta gravemente, no sólo al sistema político, sino también a lo que queda de las instituciones que estructuraron nuestra identidad como Estado-Nación. Cuatro de los cinco candidatos que se enfrentaron en las generales del 22 de octubre podrían ubicarse a la derecha del espectro político, suponiendo que esas categorías sean válidas para dar cuenta de la realidad política argentina. Esto evidencia tanto el corrimiento del debate hacia un polo, como así también el país que se aproxima. De hecho los tres principales contrincantes quizás se diferencien sólo en la velocidad con la que proponían implementar sus medidas, conducentes todas a un horizonte muy similar.

Mención aparte merecerían las versiones que indican que tanto Massa como Macri estuvieron de alguna u otra forma detrás del armado del candidato libertario Javier Milei. Después de todo, en el círculo rojo los intercambios son moneda corriente.

Es cierto que dos tercios de los votantes se pronunció a favor de un cambio (otra vez). Difícil es descifrar qué es lo que se pretende cambiar, cuando detrás de esas posturas se agolpan las más diversas representaciones. No queda claro si es en contra del peronismo, del kirchnerismo, del peso, del gobierno, de la mentada casta, del colectivismo (!), de los servicios públicos, de los impuestos, y la lista podría continuar al infinito, pues si algo quedó demostrado en esta elección es que el principio de no contradicción no está vigente. El pastiche argumental de Milei incluye en un único recipiente todas las expresiones reaccionarias que uno pueda encontrar en la calle, algo que lo vuelve más extremista que Trump o Bolsonaro. Claro que en este sentido es mucho más entretenido que la modesta defensa de las conquistas sociales que puede esgrimir Massa.

Aquí la expresión “¡qué aburrido sería vivir en Suiza!” cobra toda su relevancia. No somos ni Cuba, ni un país nórdico como para andar rifando lo que tenemos. Al parecer el punto máximo de la crisis civilizatoria tuvo lugar durante la pandemia, cuando se trastocaron todos los resortes de la vida comunitaria. Habrá que ver si podemos recuperarnos de eso. Lo único que cabe esperar es que el ganador del balotaje sepa que no tiene vía libre para hacer lo que se le antoje. Mientras tanto fingir demencia es el único recurso que resta para no sucumbir a la autodestrucción que reina por todas partes.

MR

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